E S T R É S
De
la adaptación a la conducta
Estrés
deriva del griego STRINGERE, que significa provocar tensión.
La palabra se utilizó por primera vez en el siglo XIV en inglés,
como STRESS, STRESSE, STREST y STRAISSE.
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| Los
monos de corta edad reaccionan con un susurro si se los
separa de la madre. |
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El
éxito es una medida de adaptación. Es probable que
el hombre moderno no corra demasiado riesgo de ser atrapado por
un depredador, que no tenga que preocuparse por cazar su comida,
o no deba competir a diario con otros machos por una hembra. Sin
embargo los mecanismos básicos de esas y otras conductas
animales están presentes en nosotros. El complejo y delicado
mecanismo que conduce a la homeostasis es similar; podemos ser abordados
por un asaltante, caer víctimas de un accidente de tránsito,
padecer abuso por parte de nuestros superiores, ser víctimas
de violencia sexual o bélica, vivir en un clima familiar
de indiferencia o agresión.
Esto también se da en el mundo animal; en varias especies,
el arribo de un nuevo macho dominante lleva a la muerte a las crías
del antiguo. A pesar de las violentas condiciones de su subsistencia,
la presión de miembros de su mismo grupo suele ser un agente
estresor de primer nivel.
El rango es un elemento clave en la lucha por la subsistencia, como
explica el profesor Robert M. Sapolsky de la Universidad de Stanford.
La primera evidencia de este tipo se conoce como "orden de
picoteo" y consiste en cierta disposición espacial de
los pollos al alimentarse, de manera que los de mayor rango o jerarquía
tienen acceso a los mejores alimentos. Esta situación de
desigualdad podría también darse en humanos.
En estudios con animales se han podido analizar las bases fisiológicas
de la propensión al estrés. En 1936, Hans Selye mientras
investigaba el efecto de la inyección continuada de una determinada
sustancia química, en ratas; descubrió una respuesta
orgánica caracterizada por la aparición de úlceras
pépticas, atrofia de los tejidos del sistema inmunitario
y crecimiento de las glándulas adrenales, que era idéntica
a la respuesta del organismo sometido a fríos o calores fuertes,
a ruidos intensos, toxinas, etc. Selye sugirió que en estas
circunstancias, aparentemente diferentes, se daba una respuesta
genérica común, una respuesta desagradable y con esta
idea nació la fisiología del estrés y se establecieron
las bases del efecto de las tensiones. Hoy sabemos que esta respuesta
está mediada por la activación y la inhibición
de un nutrido grupo de hormonas; sabemos también que los
mecanismos que se ponen en marcha pueden perjudicar la salud, incrementar
el riesgo de hipertensión arterial, úlceras, disminución
de la fertilidad y de las respuestas inmunológicas. Más
aún, sabemos que existe una predisposición: los estudios
de Sapolsky con primates muestran que ésta aparece relacionada
con los niveles basales de cortisol plasmático.
Los primates con niveles basales de cortisol plasmático más
bajos diferencian mejor entre acciones amenazantes y neutrales de
un rival, que los que tienen niveles basales de cortisol más
altos. Estas observaciones y datos se interpretan como una indicación
de que el número de factores de estrés sociales a
los que está sometido un individuo importa menos, desde el
punto de vista fisiológico, que el estilo emocional con que
se perciben y se afrontan esos factores inductores de tensión.
El estudio del tipo y funcionamiento de los circuitos neuronales
que modulan el miedo en los monos ha servido para conocer algunos
aspectos de las alteraciones de procesos cerebrales que originan
cambios emocionales en los hombres. Los monos de corta edad reaccionan
con un susurro si se les separa de la madre; es un comportamiento
asociativo, con el que intentan que ésta se les acerque.
La vía del cerebro que controla este comportamiento es sensible
al opiáceo morfina. Meses más tarde, cuando han desarrollado
otras vías diferentes, en estos casos sensibles a las benzodiazepinas,
son capaces de reaccionar de otras formas ante amenazas inmediatas,
con inmovilidad absoluta o gruñidos.
Esquematizando se puede inferir que ellas son: la corteza prefrontal
donde se valora el peligro, la amígdala y el hipocampo, que
inducen al hipotálamo a dirigir la liberación de hormonas
que ponen en marcha la síntesis de cortisol. El cortisol
sintetizado por la glándula suprarrenal tiene un papel fundamental
en situaciones de amenaza ya que asegura que los músculos
tengan la energía necesaria para la lucha, la huida y a su
vez modula las funciones neuronales en el hipotálamo. Se
ha descrito que en los niños, los niveles basales altos de
cortisol se asocian con la inhibición ante una situación
nueva para ellos; es más, los niños superinhibidos
tienen a menudo padres que padecen ansiedad, lo que ha llevado a
pensar que la herencia genética podría suponer predisposición
a reacciones exageradas de miedo.
En Enero de 1998 la revista médica New England Journal of
Medicine publicó el artículo "Protective and
Damaging Effects of Stress Mediators", donde Bruce S. McEwen,
describe los mecanismos adaptativos que procuran la homeostasis,
denominándolos alostasis. La carga alostática es en
definitiva, el desgaste de los sistemas neuroendócrinos que
se produce, tanto por una actividad extrema o demasiado baja, en
respuesta a las tensiones y a la necesidad adaptativa.
Y ese precio no es el mismo para todos.
Bruce S. McEwen pone un ejemplo: "En la mayoría de las
personas, hablar en público genera estrés. Después
de tener que enfrentarse repetidamente a este suceso, muchas de
estas personas se habitúan y la secreción de cortisol
no se incrementa como ocurría durante los primeros discursos.
Sin embargo, un 10% de estos individuos se pondrá siempre
tenso cuando tenga que dar una conferencia y sus niveles de cortisol
aumentarán en todas esas ocasiones. Otros, en cambio, pagarán
esta tensión aumentando su presión arterial".
Dos factores determinan cómo se enfrenta cada individuo a
una situación de estrés. La forma en que cada uno
percibe ese momento y el estado general de salud, que está
determinado por factores genéticos, ambientales o del estilo
de vida.
Así, por ejemplo, las personas cuya tensión arterial
se eleva durante horas después de producirse un hecho estresante,
suelen tener un familiar directo - padre o madre - hipertenso. La
impronta genética puede participar por lo tanto elevando
su susceptibilidad y riesgo de eventos cardiovasculares.
Así como no todas las personas reaccionan igual ante una
situación estresante, tampoco todas las tensiones provocan
la misma carga alostática.
El primer tipo de carga alostática es la que está
provocada por el estrés frecuente, aquél que causa
una respuesta física inmediata.
La segunda clase es la respuesta normal al estrés aunque
mantenida, constante.
El resultado: una exposición prolongada a las llamadas hormonas
del estrés (las catecolaminas, adrenalina y noradrenalina,
que son las hormonas que libera el sistema nervioso simpático,
y los glucocorticoides).
La tercera: cuando la respuesta física al estrés se
prolonga en el tiempo.
En el cuarto tipo de carga alostática se produce una respuesta
física inadecuada al estrés.
Desde la perspectiva clínica tanto Sapolsky como McEwen están
señalando un rumbo, nuestros mecanismos adaptativos son básicamente
los mismos que hace millones de años hicieron que nuestra
especie abandonara Africa. Las tensiones y amenazas de la vida moderna
generan cambios que aún cuando puedan permitir una razonable
eficacia frente a las situaciones estresantes pueden generar una
deuda, un precio que más tarde o más temprano se pagará
con salud. El "saber popular" siempre señaló
las emociones que matan. Ahora la evidencia científica y
el abordaje multidisciplinario del problema pueden dar el primer
paso en un campo cuyas implicancias apenas se intuyen.
Rp./
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| En
las necesidades de adaptarnos, producimos un desgaste
en nuestros sistemas neuroendocrinos. B. S. Mc Ewen lo
denomina carga alostática. |
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