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El cerebro de Einstein

ago, 2010 • Destacados, Número 49, Rp Internet
Dibujo de El Eternauta

El Eternauta: Ilustración Francisco Solano Lopez

En 1957, en la revista Hora Cero Semanal, Héctor Germán Oesterheld publicó, con dibujos de Francisco Solano López, el relato que cambió para siempre a la historieta argentina: El Eternauta.

El comic comenzaba con el mismo Oesterheld en su estudio, trabajando. Extrañamente se materializó frente a él un hombre que se presentó a si mismo como Juan Salvo, el Eternauta. La mítica publicación narraba una guerra apocalíptica cuyo escenario central era Buenos Aires, Juan Salvo, el protagonista de la tira era un viajero extraviado en el tiempo y el espacio.

Oesterheld publicó en 1976 una saga del Eternauta, mostrando un futuro de mutantes, alienígenas y animales evolucionados, en plena lucha por la supervivencia. Poco tiempo más tarde el escritor y sus cuatro hijas engrosarían la lista de “desaparecidos” de nuestro país.

La fecha de aparición de la revista Hora Cero Semanal, es el motivo para que cada 4 de septiembre se festeje en Argentina el Día de la Historieta.
La introducción, alejada de los laboratorios de física, de los estrictos rincones de las matemáticas, plantea la imagen de un viajero cuya vida transcurre a lo largo de los paradojales vericuetos del tiempo y el espacio.
El Siglo XX fue signado por notables avances científicos. Como emergiendo de las calderas decimonónicas, los hombres se atrevieron a conjeturar, a pensar sobre las características de la materia, de la luz, de la energía, del tiempo.

Albert Einstein es, tal vez, el arquetipo, no sólo de ese tiempo, sino de la genialidad encarnada en el hombre común.
Sus teorías, su excentricidad, hasta su aspecto desalineado han hecho de él un ícono cuya vigencia llega a nuestros días.
Desde su muerte, hace 55 años, muchos investigadores han tratado de descifrar qué era lo que lo hacía tan inteligente.

Uno de esos investigadores, Thomas Harvey, obsesionado por esa pregunta llegaría incluso a perder su trabajo y reputación buscando una explicación que nunca hallaría.
Así, el cerebro donde residió la mente contemporánea más brillante, fue envuelto en una bizarra historia de amor, de locura y de muerte, cercana a los relatos de Mary Shelley.

Einstein falleció el 18 de abril de 1955, a los 76 años, en Princeton. ¿Fue su mente tan diferente a la de los demás, que resultaba lógico pensar que físicamente, su cerebro también lo fuera? Inicialmente se acordó que la autopsia fuese realizada por el Dr. Harry Zimmermann, neuroanatomista conocido de Einstein y antiguo profesor de Harvey en la Universidad de Yale, pero éste llamó a Harvey desde Nueva York para decirle que le resultaba imposible ir a Princeton. Lo que ocurrió es que Harvey, además de hacer la autopsia completa de Einstein, extrajo el cerebro y lo conservó.

El hijo de Einstein,Hans Albert, dijo: “No se nos informó nada de la extracción del cerebro y ésta no fue autorizada por la familia”. Enterado del caso, el Hospital de Princeton prohibió la salida del cerebro de ese centro y como consecuencia del conflicto legal y del escándalo periodístico, Harvey fue despedido, pero tuvo el cuidado de llevarse consigo su tesoro.
Harvey mantuvo durante 40 años el cerebro de Einstein en la cocina de su casa, dentro de un frasco, lo que le produjo un estado de obsesión que le hizo perder sucesivos empleos. Tal situación lo llevó a terminar viviendo en un oscuro departamento, con muy pocos recursos económicos. Durante todos esos años, el destino del cerebro de Einstein se convirtió en una especie de leyenda.

Ilustración Mapa Rp Nº

Ilustración: Germán Gallo

En 1996 el periodista Michael Paterniti retomó la historia de Harvey y lo encontró trabajando en una fábrica de plásticos de Kansas, guardaba en su heladera un frasco con el cerebro del genio. El periodista le ofreció entonces llevarlo hasta California para restituir el órgano robado a la nieta de Einstein. Comenzó así uno de los eventos más surrealistas de la historia: un viaje de costa a costa con el cerebro de Einstein en un envase Tupperware, dentro del baúl de un automóvil. La historia dio pie a que el Paterniti escribiera posteriormente un libro titulado Viajando con Mr. Albert.

Luego que la nieta de Einstein desistiera de recibir los restos de su abuelo, el frasco regresó al punto de partida, hoy descansa en la Universidad de Princeton. Durante los años en que estuvo en su poder Harvey quiso compartir su hallazgo y buscó ayuda en otros expertos. Cortó el cerebro en 240 trozos y los repartió entre algunos científicos con el objeto de que lo analizaran.

Así, por ejemplo, la neuróloga Sandra Witelson recibió una carta en 1996 que decía: ¿Le gustaría trabajar con el cerebro de Einstein? Aunque su tamaño era relativamente menor que el promedio, algunas características de órgano llamaron la atención. Diamond descubrió que en el cerebro de Einstein había más células gliales que en un cerebro humano promedio, un hecho que revitalizó el estudio de esta estructura cuya función era considerada solamente como de sostén de las neuronas.

En el artículo Editorial de la Revista MEDICINA (Buenos Aires) 2000; 60: 530-532, bajo el título: Comentarios a propósito del cerebro de Albert Einstein; el autor: Dr. Jorge A. Colombo, quien tuvo la oportunidad de ser uno de los científicos que analizaron muestras del cerebro del Premio Nobel señala algunas consideraciones sobre dichas muestras cadavéricas, cuestiones metodológicas y filosóficas que pueden obstaculizar la interpretación de los hallazgos, entre ellas y haciendo referencia a una patente anomalía en la región Silviana señala : “Finalmente, la observación de una variación inusual en la girificación del cerebro de Einstein, consistente en el incremento en el área parietal inferior vinculada a una modificación de la cisura de Silvio, no observada en una colección de cerebros normales, tiene todo el valor heurístico de una observación cuyo significado funcional, en cuanto a la genialidad de su portador, es imposible de determinar…”

El investigador concluye: “…En conclusión, por frustrante que ello sea, no es posible derivar, razonablemente, de la mera observación de la morfología externa y la estructura del cerebro de Albert Einstein, sus especiales características funcionales. Como así tampoco asumir que las características observadas son correlatos necesarios de la genialidad.

Esto podría interpretarse como una contribución final de este emblemático Homo sapiens a enriquecer la discusión de cuestiones fundamentales en neurociencia. Pero más allá de estas disquisiciones relativas a aspectos cerebrales estructurales, y de una justificada curiosidad por la configuración del cerebro de un genio, razones estrictamente conceptuales relativas al funcionamiento cerebral hubieran desalentado ab initio estos intentos por determinar a partir de un análisis post mortem la búsqueda de evidencias relativas al posible sustrato orgánico de la genialidad.” Como un arcaico reflejo de la antigua frenología, será imposible desentrañar la razón que hace geniales a algunas personas sólo cortando, tiñendo y comparando su estructura cerebral. El verdadero Albert Eistein no se encuentra allí, como un reflejo más de sus revolucionarias teorías hemos desdoblado un espacio- tiempo en el que las ideas pueden movilizarse a una velocidad y los cuerpos a otra.

El Eternauta es un concepto, una visión de las cosas que son y no entendemos. Como escribiera Virginia Woolf: “Allí, no hay ningún allí”, la mente no es un lugar, sino un proceso. Rp./

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