Rp./Internet

Epigenética. El cambio perenne.

Ago, 2010 • Número 49, Principal, Rp Internet

Alicia y la Reina RojaAlicia miró alrededor suyo con gran sorpresa.
-Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes!
-¡Pues claro que sí! -convino la Reina-.Y, ¿cómo si no?
-Bueno, lo que es en mi país -aclaró Alicia, jadeando aún bastante, cuando se corre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte…
-¡Un país bastante lento! -replicó la Reina-. Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.

“Alicia a través del espejo”, Lewis Carrol

 

Alicia en el país de las maravillas, un cuento infantil, una historia aparentemente alejada de los modernos preceptos científicos ha servido de inspiración para esbozar algunas teorías relacionadas con la evolución o las ventajas de la reproducción sexuada.

“Para un sistema evolutivo, la mejora continua es necesaria para sólo mantener  su ajuste a los sistemas con los que está coevolucionando”.

Hipótesis de la Reina Roja. Leigh Van Valen

Visto de esta forma, mantener el statu quo (estado del momento actual) de un organismo con su ambioma requiere una continua y rápida adaptación. En cierto modo esa rapidez de reflejos adaptativos encuentra un interlocutor apropiado en los mecanismos epigenéticos.

La sustancia del sentimiento

La novela Moby-Dick del estadounidense Herman Melville publicada en 1851, narra la travesía del ballenero Pequod comandado por el capitán Ahab en la obsesiva y autodestructiva persecución de una gran ballena blanca.
Más allá de la permanente vigencia de esta obra, algunos pasajes muestran al capitán fuertemente influido por una presencia. El fantasma sensorial de una de sus piernas, devorada por el leviatán y reemplazada más tarde por una prótesis hecha con huesos de mandíbula de ballena. Esta misma presencia, fue ampliamente documentada por algunos médicos de la época, como Silas Weir Mitchell. El autor difundió la primera noticia sobre la sensación fantasma (y el dolor relacionado con ella) en el Atlantic Monthly en 1866, allí publicó la historia de George Dedlow, veterano de la Guerra Civil. Desde entonces, los especialistas e investigadores, incentivados por el dolor que a menudo acompaña a la sensación fantasma en sus pacientes y por la urgente necesidad de encontrar un tratamiento efectivo, han desarrollado y probado muchas teorías diferentes acerca de dónde y por qué se originan.
Como escribiera Henry James: “Hay una presencia en lo que está ausente”

Nuestros sentimientos surgen de interacciones entre el cerebro y el cuerpo, no de un solo lugar en uno de ellos.

Algunos escritores como Mary Anne Evans, quien trascendiera con el masculino seudónimo de George Eliot se anticiparon a la ciencia que, durante el siglo XIX buscaba los condicionantes biológicos que nos hacen prisioneros de lo que hemos heredado. Eliot sostenía que el elemento fundamental de la naturaleza humana era su maleabilidad, su capacidad de cambiarse a si misma. “La mente no está tallada en mármol” escribió.

Viajeros del tiempo

Esta mencionada presencia de lo ausente puede actuar en varios niveles. Existen evidencias que señalan que los casos de estrés posttraumático pueden trasmitirse de generación en generación, que la mente de los descendientes puede ser tallada por las experiencias de sus antecesores.

Los ejemplos abundan, ocultos bajo prejuicios, camuflados, en nuestras propias casas e historias.

Peter Felix Kellerman, un descendiente de judíos que tuvieron que huir de Austria por la persecución nazi, dice así refiriéndose a las víctimas del trauma de guerra:

“Ellos son, no solamente olvidados, también escondidos y rechazados, indicándoles que guarden para sí mismos sus experiencias porque ellos llevan un mensaje de vergüenza y vulnerabilidad muy desestabilizante para muchos.

Parece algo universal (aunque no bueno) el que la sociedad quiere sacar el recuerdo del trauma fuera de la conciencia (y de la memoria) durante este tiempo de reorganización… Tras un período de silencio aparente, en el cual los recuerdos han sido enterrados o almacenados, surgen repentinamente con fuerza. Algunas veces saldrán como resultado de un acontecimiento precipitante que recordará a la sociedad que lo viejo no ha sido suficientemente resuelto”.

La sustancia del sentimiento

La reina roja y Alicia

La reina roja y Alicia

En el sitio de internet dedicado a epigenética y dirigido por el Dr. Fabio Celnikier se encuentran observaciones como las siguientes: “La psicóloga Rachel Yehuda está profundamente interesada en saber como responde la gente ante el estrés.

Los efectos transgeneracionales del estrés acudieron a su mente cuando abrió una clínica especializada en estrés postraumático, con foco en los supervivientes del holocausto.

Tratando de estrés a los propios supervivientes del holocausto, se sorprendió de que muchos de sus hijos también sufrieran los efectos del estrés. Como si ellos también hubieran formado parte de tal nefasto paisaje humano.

Rachel vio que el estrés en los hijos había sido motivado por los padres al contarles repetidamente sus historias tan traumáticas de lo vivido a manos de los nazis.

Jonathan Seckl, profesor de medicina molecular en el Endocrinology Unit Centre For Cardiovascular Science del Queen’s Medical Research Institute, estaba interesado en la exposición al estrés de mujeres embarazadas y se preguntaba si los efectos del estrés podían ser transmitidos a sus hijos.

Comenzó con algunos experimentos en ratas preñadas para ver si al exponerlas a hormonas del estrés había algún efecto en sus crías. Encontró que la siguiente generación durante el resto de la vida útil tenían alterada su respuesta ante el estrés y mostraba comportamientos que parecían de ansiedad.

Cuando el 11 de septiembre los aviones de los terroristas se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York, y estas se derrumbaron, tanto Rachel Yehuda como Jonathan Seckl fueron tristemente concientes del impacto y potencia que esto alcanzaría, incluso afectando a generaciones que aún no habían nacido.

Ambos entonces se unieron para hacer un estudio de mujeres que estaban embarazadas en aquel momento, y que habían formado directamente parte de la tragedia, o bien circundaban casualmente la zona, hoy llamada cero.

Se dedicaron a estudiar los efectos que el 11S causaría en los niños que nacieran de padres que desarrollaron un trastorno de estrés postraumático como respuesta a aquel día y particularmente aquellos que habían estado expuestos en el útero.

Al exponerse a un suceso estresante la persona produce cortisol, la hormona que ayuda a regular la respuesta del cuerpo ante el estrés. Si los niveles de cortisol son muy bajos se le hace difícil hacer frente al estrés y es propensa al trastorno de estrés postraumático. Esto se comprueba en el laboratorio de análisis clínicos con un simple estudio de cortisol.

De alrededor de 200 mujeres (varias de ellas habían estado en las Torres Gemelas), la mitad desarrollaron trastorno de estrés postraumático. Y al examinarlas, descubrieron que tenían una cantidad anormal de cortisol en la saliva. Pero el descubrimiento más llamativo fue que también tal alteración del cortisol la tenían sus bebés. Comprobaron que se pueden transmitir esos efectos traumáticos, químicamente, a los hijos.

El argumento para explicar lo epigenético en los supervivientes del holocausto había sido que sus hijos tenían las hormonas del estrés anormales porque habían sido estresados al escuchar infatigablemente las historias de sus progenitores, de sus pavorosas experiencias en 1940.

Pero este no es el caso de los supervivientes del 11 de septiembre, ya que esos niños sólo tenían 1 año de edad cuando el ataque terrorista ocurrió.

Y dieron cuenta, en relación al 11-S, que no sólo los niños tienen unos niveles anormalmente bajos de cortisol, sino que son diferentes dependiendo de lo avanzado del embarazo de sus madres en el momento exacto llamado 11-S.

Los efectos más importantes sólo se vieron en aquellas madres con estrés postraumático que estaban en los últimos tres meses de su embarazo. En cambio, en las madres con el mismo nivel de estrés, pero que estaban embarazadas de entre 4 y 6 meses, el efecto en el cortisol de su bebé fue mínimo. Por ello no sólo se trata de genética. Hay algo que es trasmitido en el último tramo del embarazo. Los síntomas de la madre tienen cierto efecto en el desarrollo del sistema de cortisol de su descendencia. Si se encuentran los mismos efectos de estrés en los hijos de los niños del 11-S, entonces está claro que la memoria genética de un suceso estresante puede trasmitirse a través de las generaciones. La investigación nos indica que esto persiste en la siguiente generación. Y que la epigenética puede ser la responsable de que un suceso altere la respuesta al estrés en los niños”.

Como la reina Roja y Alicia todos los humanos caminamos cada vez más deprisa para poder mantenernos en el mismo sitio. Un sitio al que llamamos homeostasis y del que salir puede ser doloroso. Al retomar la historia de Moby Dick encontramos el epílogo pronunciado por Ismael, único sobreviviente del Pequod y narrador de la historia: “Y sólo yo escapé para contártelo”. Rp./

Rp./Internet agradece al Dr. Fabio Celnikier su gentil colaboración.

Dejá tu comentario